Miré el espejo, miré dentro de todo ello. Personas, humanos; raza. Creí ver en ojos de muchos, pero mientras el tren se apuraba, mientras la imagen se distorcionaban y mis ojos se acariciaban, me percaté que todos materializaban lo mismo, lo único que variaba era su constante. Y así es como comenzó; comenzó la velocidad, los rastros no vistos, las marchas odiadas, y los amantes que no satisfacen. El jóven que todo lo atrae, las patéticas amistades. El sentimiento de amor con desprecio, de no quererlos, de apartarme de una vez, de cerrarme; de iluminarme.
Es que hoy ha sido un día tan trágico, desde hace horas lo he dicho. Por que desde luego, para quien promete en soledad, lo malo y feo, ya son otras cuestiones fuera de la rutinaria vida social aquí: planeta tierra.
Él no viene esta vez.
14 diciembre, 2010
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