Hoy descubrí que nunca hay que despedirse de ciertas situaciones que en un futuro no muy lejano, hasta de personas que uno no se imagina, pueden hacerse presentes.
Una amistad. Se supone que dentro de ella encajan varias piezas y por sobre todo, coinciden las de un lado con las del otro. A veces con demasiada perfección y en otros casos hay que alterarlas para que fluyan en su encaje. De alguna manera, el jugador que me tocó, no solo manipulo el contenido de las fichas, si no que hasta me hizo comprender, que no siempre uno va a aportar las mismas o ver la misma imagen del rompecabezas como el otro.
Siempre que estaba segura aportaba y ponía en la mesa de juego todas mis fichas posibles. Y no solo con la amistad, si no con las relaciones tanto carnales como sentimentales que en una pareja podría haber. Pero ese jugador al cual le he entregado millones de piezas en un corto periodo de vida, hoy demuestra que de su parte no ha largado más que cual usada y mal vista pieza podría tener para mí; para nuestro juego.
Al detonar en sus cortas palabras y ver que todo aquello jugado no era más que una ilusión en mi mente, ilusión partida de sentimientos, de los confines más oscuros de una mente, me vi envuelta en un circulo vicioso. En un verdadero juego, en una ruleta.
Una ruleta de aquellas en dónde el azar no hace más que confundirnos y terminar perdiéndolo todo. Como a tantos grandes les ha pasado. Como a tantas mujerzuelas también.

