Aquella niña de cuerpo esbelto y sonrisa exuberante, solía mostrarse como pocas lo hacen. Caminaba por la vida arrastrando una que otra desgracia, pero nunca se deterioraba su ánimo; aunque poco a poco el dolor y el despecho crecerían dentro de ella.
Pasó por momentos horribles hasta creer que por fin había encontrado al “hombre” indicado.
Su vida cambio y hecho a perder los parámetros del autocontrol. Cayendo completamente en un enamoramiento ciego, furtivo y sexual. Daba su vida por aquel hombre, lo amaba, lo deseaba. No podía vivir su realidad sin el. Era la razón de su alegría que al mismo tiempo se opacaba con delirios vitales. Su rostro era anticuado, parecido al de un hombre salvaje, con rasgos fuertes y mirada penetrante. Llevaba consigo una mascara, la mascara de cualquier ilusionista principiante.
El experimentaba con cada muchacha que se interpusiera en su camino, alimentando su ego e idolatrándose al estar con cada una de ellas. La técnica ilusionista no era más que una bizarrez del mundo exterior, aquel mundo que la niña no había conocido hasta entonces. Esta consistía en experimentar y crear nuevas sensaciones dentro de cada muchacha, para luego hacerles sentir un punzante dolor y vació, lo cual no existía en las niñas puras, según el.
Como a todas, el momento había llegado para ella. Al sentir aquel dolor, que ya había experimentado pero en pequeñas cantidades, no vio más salida que segregar grandes dosis de su elixir, de modo que pudiese ablandar esa dureza que cada tanto crujía dentro de su pecho.
Así paso gran parte de su tiempo, sin poder pensar en otro individuo, más que en ese maldito “hombre”. La muchacha todavía no lograba salir de entre esas cadenas, no podía ver que esa imagen en su mente no era más que el resultado de una ilusión.
Esta situación había marcado un nuevo comienzo o talvez, un nuevo final en su vida. La ayudo a crecer, pero al mismo tiempo la transformo en una maniaca sexual ilusionista; pronto habría aprendido la gran labor de aquel descarado “hombre”.
De este modo la niña, ya casi mujer, pasó casi dos años sin poder sentir afectividad alguna. Volaba por las noches con alguna que otra victima, pero restringuita toda necesidad sentimental, no quería, no quería volver a caer. Ese era su gran temor.
Después de algún período, el cual no recuerdo exactamente, la muchacha volvió a encontrarse con su ilusionador. Estaba envuelto en desconsuelos. Por fin alguien había practicado tal disciplina con el. Y allí aparecía: rasguñando paredes, emitiendo aullidos de dolor, sofocándose, “aprendiendo” de su propia medicina.
A la niña le quedaba algo de su virgen ilusión y decidió darle una chance, de modo que este pudiera mostrarle realmente lo que tenían debajo de su mascara. Así pasaron juntos más de tres meses, queriéndose y amándose, casi mutuamente. Pero de pronto ella comenzó a enloquecer, sufría de ciclotimia, histeria y paranoia, en grados leves, complicando su existencia y la del trágico ilusionista. El no lograba ver que, lo que se escondía detrás de eso, no era más que miedo, miedo a ser ilusionada; engañada una vez más.
Con el paso de las semanas el no hizo mas que dejarla. Era el ave fénix renaciendo de las cenizas. Ya no la necesitaba.
El deterioro fue extremo. Dejo de salir, caminar, hablar, dibujar, cantar, escribir, sonreír, presumir, etc. Su vida se había transformado en una rutina de dolor.
El dolor se torno más punzante que aquella primera vez, pero en esta ocasión, en vez de soportarla, decidió afrontar todo sin remordimientos, sin dejar que el martirio la perforase. No quería soportarlo. No quería.
Esto la llevo a planear su suicidio, intoxicándose lentamente (de ese modo podría acelerar su enfermedad nutricional hasta llevarla al final), flagelándose y deteriorando cada día su estupefacta existencia.
El tiempo pasaba y la muchacha paso a sentirse cansada, demasiado cansada. Su cara dejaba ver las molduras óseas y su cuerpo lucia infinito debajo de cada prenda. Sentía que no estaba bien, pero ¿que podía hacer más que vivir en su catastrófico hogar y salir cada fin de semana para emborracharse y matar las penas?
Mucho más tarde, conoció a otro “hombre” el cual no le trajo muchos recuerdos. No paresia otro ilusionista. El lucia extremadamente vivo, su tez blanca, cabellera rubia y ojos verdes, le producían paz, armonía; paz interior. La muchacha trato de no caer en la tentación, pero fue tan grande el deseo, que no respondió por ella misma.
Comenzó una buena relación con este “hombre” el cual la trato dulcemente y borro aquellos viejos recuerdos.
Ya no vivía para morir, si no que, vivía para sentir. Quería amar, corresponder, brindarle a este “hombre” todo lo que tenía en devolución a la felicidad y tranquilidad que el le traía.
Lo amo. Por primera vez había sentido ese amor que tanto anhelaba sentir. Pero ante toda la felicidad que el le producía algo comenzó a fallar. Acaso ¿Existía algo tan perfecto? ¿Realmente alguien tendría sentimientos hacia ella de ese modo? Lo veía tan inexplicable, tan imprudente, tan lejano, que volvió a caer. -Es parte de otra ilusión- se dijo a sí misma. La muchacha comenzó a desconfiar de aquel “hombre perfecto”. Se deprimía por cualquier palabra que el dijera. Todo en terrible secreto.
Pronto y después de todas las emociones y enriquecimientos vividos, el decidió tomar distancia, así unas dos veces, hasta que la cansó extremadamente, haciéndola sentir al borde de un precipicio. Esto no dio otro resultado más que el alejamiento invicto de ella, terminando de este modo aquella enfermiza relación.
El duelo no duro mucho tiempo, más que dos o tres semanas.
A veces después de un par de copas, lo recuerda tan solo como otra ilusión en su mente.
Aquella perfección no duró tanto como la anterior (con cada gota iba destiñéndose, dejando ver el excéntrico calvario incrustado en las mas remotas ideas).
Y así fue como la muchacha decidió alejarse, alejarse de cada ilusionador. Usando la misma táctica con cada individuo que se acercase a ella. Derrocándolos, haciéndolos sufrir y riéndose, contemplando el dolor.
Ahora vive una verdadera vida, digna de cualquier narcisista, autoamándose. Viviendo en ella, no de ilusiones, si no de amor y pasión por lo que hace, por su vida. Egocéntrica e invicta. Así se cree. Así se ve. Así es.
“El amor no es más que una trágica ilusión”
Leslie.
-Inspirada narrativamente en "El hombre Gris" (Por Matías Soto)-